
La suave brisa me acariciaba el rostro. Era una sensación agradable, diría que placentera. El viento me susurraba al oído palabras de amor, delicadas y finas. Me enmarañaba el cabello y me hacía estremecerme. Estaba en un estado de total placer. Sentía como si de mi alma brotaran unas alas. Unas alas preciosas, inigualables. Eran mi salvación. Necesitaba respirar aire puro, aliviarme, olvidarme de todo. Ese día me liberé de cualquier mal, para rehacer mi vida y no volver a contemplar nunca más el pasado. Aquel día sentí como si quinientas toneladas de malestar, malos pensamientos, inseguridades, desilusiones, frustraciones... se esfumaran y sólo quedara paz en mi interior. Había soñado con esa liberación horas, días, semanas, meses…
Quería provocar que todo saliera. Pero me he dado cuenta que la única manera de recuperarme era pasando página. Encerrando todo el mal en un baúl. Un baúl con diecisiete cadenas y veinticuatro candados. Enterrándolo en lo más profundo de mí ser. Y, ese día, lo conseguí. Conseguí deshacerme de todo y dar un paso más en mi vida. Estoy dispuesta a volver a ser la que era. Esa chica risueña, alegre, feliz. Estoy dispuesta a abrirme hacia los demás.
Estoy dispuesta a destruir esa coraza de mármol construida por todos los sentimientos enterrados ya en ese baúl.
Al fin, ese día ha llegado.
¡Es la liberación de la primavera abriéndose paso a través del gélido hielo del invierno! ¡Precioso!
ResponderEliminarOh, ¿si?
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