viernes, 11 de febrero de 2011

Puede.


Nunca olvidaré aquella sensación que sentía al disfrazarme de alguna cosa.
Era el único día donde me sentía a gusto.
Nadie te miraba con cara de superioridad.
Nadie se fijaba en mis defectos.
Los ocultaba bajo el disfraz.
Aquel día me sentí libre.
Pero la felicidad acabó rápido.
Al día siguiente volvieron mis inseguridades.
Ojalá fuera más segura.

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Te dicen que el amor es eterno.
Pamplinas.
Que te querrá para siempre.
Que él será tu príncipe azul y que viviréis eternamente.
Que nunca se apagaría la llama del amor.
Nunca te contaron la otra parte del cuento.
En la que a la primera de cambio él te olvidaba.
No nos explican los riesgos del amor.
Del sufrimiento, de la tristeza.
Solo nos cuentan que eres feliz.
Feliz...
Feliz relativamente.
Ojalá pudiera crearme mi propio cuento de hadas.
Ojalá me pudiera crear a mi propio príncipe azul.
Pero, eso, será dificil.

King Kong

Ocasionalmente me miro a los ojos frente al espejo. Lo hago durante el tiempo suficiente para sentirme una extraña, para no reconocerme. Entonces observo mi expresión, los surcos de la piel, testimonio de gestos una y otra vez repetidos que ahora se reflejan en el rostro, y en el espejo, como los vestigios milenarios de una excavación arqueológica. Esas arrugas verticales en el entrecejo ponen en evidencia un exceso de preocupación, un sentido trágico de la vida, compensado, afortunadamente, por dos paréntesis de alegría que enmarcan los labios. Tanto el sufrimiento como la alegría están presentes en mi rostro, inseparables, dejando en él su huella indeleble. Son el mapa de mi territorio interno, son mi periplo vital materializado. Podría hacer el mismo ejercicio con el resto de mi cuerpo, podría incluso limitarme a las manos, a cada uno de sus dedos, a cada una de sus falanges, a las irrepetibles y únicas huellas dactilares. Podría cerrar los ojos y oír los latidos del corazón, sentir la sangre circulando por la intrincada red de venas y arterias. Podría ir montada en el helicóptero de la dirección General de Tráfico y ver circular miles de glóbulos rojos y blancos matriculados. Y ser un triste conductor o copiloto en dirección a ninguna parte para quien el resto de las células son seres extraños, sonámbulos de un mundo sin sentido. ¿Pueden experimentar las células la misma ignorancia que el ser humano que las cobija? ¿Pueden ignorar su pertenencia a un mismo ser orgánico y luchar contra sus hermanas provocando un colapso generalizado? Como seres humanos poseemos el potencial de trabajar en común o destruirnos; de la misma manera, las células deciden colaborar por el bien común del organismo o rebelarse contra alguna de las facciones considerada enemiga. En el proceso destructor de la guerra no hay lugar para la compasión; o matas o te matan, o destruyes o eres destruido. Los animales no exterminan en masa a los miembros de su misma especie, bien es sabido que la naturaleza es su brújula actuando a través del instinto. Parece que la causa es el libro albedrío. ¿Pero alguien querría renunciar a un instrumento, a una potestad, a una infinita potencialidad sólo porque no sabe utilizarla adecuadamente? Resulta demasiado fácil esgrimir la bondad de los animales y la maldad del hombre. No, simplemente ellos lo tienen más fácil que nosotros. Somos unos niños torpes que empezáramos a caminar a trompicones y nos lleváramos por delante montañas y lagos, edificios y coches; como un gigante estúpido que no supiera donde pone los pies. Pero un gigante libre, al fin y al cabo, que decide por dónde ir.

Aldeania

Las calles de Aldeania estaban abarrotadas de gente y vehículos de propulsión solar accionados por baterías recargables. Convivían de manera inarmónica y caótica edificios de 8 plantas y pequeñas granjas experimentales con huertos ecológicos y vivienda adosada. Las zonas verdes proliferaban, pues se reforestaba aplicando una hormona vegetal de crecimiento que aceleraba el desarrollo natural en 100 veces. Los resultados eran magníficos, tanto que los árboles presentaban una perfección inquietante interrumpida aleatoriamente por una secuencia calculada con esa matemática propia de las máquinas e impropia del cosmos.
Se construían urbanizaciones de lujo a petición del consumidor sin tener en cuenta los perjuicios que implicaba transformar la fauna y la flora de cada zona concreta del planeta, ya que los gustos antojadizos de las clases adineradas se habían convertido en el único criterio para la reforestación y la repoblación animal. Se ofrecía naturaleza a la carta: lujosas mansiones con su pequeña Antártida en la azotea, gloriosas avenidas enmarcadas por árboles centenarios cuya robustez y frondosidad se proyectaba y alcanzaba en un solo año, por no hablar de los millonarios que solicitaban para sus mansiones una reproducción exacta del bosque en el que pasaron su infancia -con ardillas y tejones incluidos-, a sólo 2 km del centro de la ciudad, o de los novios que contrataban un día de nieve en agosto para celebrar una boda original, nunca vista, con sacerdote esquimal y pingüinos a tono con el frac de los invitados.

Así era Aldeania, un lugar prefabricado, un parque temático de sí misma, un enclave geográfico que no constituía, sino la plasmación física de los arbitrarios caprichos de los adinerados encubiertos de buenas intenciones, de inteligentes discursos políticos que pretendían el bien común; una realidad virtual que había saltado de los ordenadores para instalarse en nuestras vidas físicas. Un horror maquillado y asumible que nos iba engullendo implacablemente, cada día…


jueves, 10 de febrero de 2011

Ingravidez


Después de volar puedo saltar más ligera,
puedo elevarme modestamente del suelo
como un insecto que se dejara acariciar por la hierba en su leve desplazamiento,
casi ingrávido.

La dama de negro y la nieve

Sé que el conflicto y la lucha son el humus de mi creatividad; sé que forman parte de mí y que no puedo ni debo eliminarlos. Sé que si pretendo deshacerme de la sombra me quedaré sin luz. Quizá sea posible convivir con esa dama de negro, misteriosa y enigmática que se desplaza sigilosamente sobre un inmaculado manto de nieve. ¿Cómo podría ver a esta dama en un mundo negro? ¿Cómo podría ver la nieve en un mundo blanco? Necesito a la nieve y a la dama, las quiero a ambas.

La neurótica

Tengo una biblioteca bien surtida en varios idiomas, ropa discreta y bien confeccionada de colores neutros, una cama reclinable con colchón de látex, una luminosa y bien distribuida cocina que nunca utilizo, alfombras de lana natural y un termostato que me permite calcular con exactitud la temperatura deseada a fin de acrecentar mi sensación de control sobre los elementos externos. Un mundo perfecto en el que me desenvuelvo perfectamente. Tengo un cepillo a pilas para los dientes y manteles de hilo bordados a mano adquiridos en tiendas de artesanía local. No como carne y me nutro exclusivamente con alimentos de origen biológico. Tres veces por semana y desde hace cinco años una mujer –con la que nunca he mantenido ningún tipo de conversación- acude a poner orden en este santuario de la pulcritud que es mi casa. No soporto el desorden ni la suciedad y no tengo inconveniente en invertir una parte –digamos irrelevante- de mi nada despreciable sueldo en obviar todo lo relacionado con las tareas domésticas. Tampoco tengo inconveniente en dedicar, una suma de dinero -algo más elevada que la anterior- a cubrir los gastos de un joven aspirante a escritor con el que salgo desde hace dos meses. Una relación sin complicaciones en la que mi corazón no tiene necesidad de involucrarse. Ésta es mi burbuja de felicidad, ésta es la escafandra que me permite zambullirme en el océano del día a día sin entrar en contacto con los peligrosos microorganismos que pululan en él. Sé que hay vidas peores y mejores que la mía, pero yo sólo quiero que mi vida sea exactamente lo que yo quiero que sea. En mi calculada existencia no hay lugar para vanas improvisaciones. Llevo a cabo cada uno de mis actos pensando en todas las posibles consecuencias admitiendo –para evitar posteriores decepciones- un asumible margen de error. Desprecio a las personas que no dosifican sus esfuerzos o que pierden los estribos ante una situación inesperada, desprecio las explosiones de llanto y las ridículas exhibiciones de sentimentalismo, por no hablar de la falta de inteligencia y de análisis crítico.
Esa soy, y nada ni nadie va a cambiar esta idea que he forjado acerca de mí misma, esta monolítica autoestima que nunca amenazará con agrietarse. Ningún acontecimiento se atreverá a perturbar esta indiferencia informe que tanto me ha costado salvaguardar. Les aseguro que no hay existencia mejor blindada que la mía

La vida es sueño

Soy propietario de un inmueble de cincuenta metros cuadrados sito en la calle Resignación número tres, o debería decir propietaturus, porque hasta dentro de treinta años no saldaré la deuda que ayer mismo contraje ante el solícito empleado de la B.M. (es decir, Banca Mesfistófeles). Y yo les cedo gustoso mis sueños a cambio de un lugar en el que caerme muerto –como bien dice mi amigo Luis-, porque ¿acaso puede compararse un arriesgado viaje alrededor del mundo por terrenos pedregosos, y que probablemente acabase en diarrea –como dice mi madre-, con la dicha de andar en zapatillas por mi lustroso parqué de camino al sofá? ¿Acaso puede compararse la imprevisivilidad de una vida azarosa con la seguridad de mi nómina mensual? Mi madre y mi amigo Luis tienen toda la razón, así que he decidido dejarme de tonterías, anular mi billete de avión y sentarme a ver la tele como todos los demás.

Catalina Morgan Freeman

Me llamo Catalina Morgan Freeman y padezco una enfermedad incurable que los médicos denominan afiltrosis congénita degenerativa. Al parecer, todos o casi todos los seres humanos han desarrollado, a lo largo de su evolución y como consecuencia de su adaptación al medio, una membrana o filtro en un lugar recóndito del cerebro que se despliega siempre que el sujeto intuye o sospecha que está a punto de proferir alguna inconveniencia, de tal manera que, los pensamientos inoportunos o las groserías, debido a su naturaleza tosca e imperfecta, no consiguen atravesar los minúsculos orificios de la membrana y permanecen depositados en ella, pudiendo sólo llegar a su destino aquellas afirmaciones más sutiles y delicadas. A medida que las personas se adentran en la edad adulta, los orificios van disminuyendo de tamaño debido a la acumulación de residuos en el colador –tal como se denomina vulgarmente- lo cual desemboca, en opinión de los expertos, en un estado sutil e ingenioso de la conciencia. Ni que decir tiene, que cada individuo puede optar por utilizar o no su membrana, si bien no es menos cierto que todas las acciones repetidas insistentemente a lo largo del tiempo acaban convirtiéndose en un acto reflejo difícilmente controlable. Por otro lado, los medios de comunicación y las instituciones están de acuerdo en la conveniencia de su uso en pro de una sociedad más respetuosa con el prójimo y el entorno.

Yo nací sin ese filtro y, desde que tengo uso de razón y mis inconveniencias dejaron de estar teñidas de la gracia infantil que todo lo disculpa, mi vida ha ido de mal en peor
.

Dudo, luego existo


La debilidad es la fuerza, la duda es la que nos hace vulnerables y nos protege de la soberbia.

martes, 8 de febrero de 2011

Me gustaría



Esa extraña sensación que sientes cuando piensas que es el definitivo.
Esas "mariposas" que recorren todo tu estómago.
Esa vocecita en tu interior que te susurra que él te quiere.
Esa emoción al volver a verle.
Definitivo...
"mariposas"...
Vocecita...
Emoción...
No, debería recapitular.
Nada es como parece.
Sí, soy negativa.
¿Y qué?
La vida me ha enseñado a serlo.
Nada es lo que aparenta ser.
Mejor dicho, nada ni nadie.
Me gustaría que por una vez me tomaran enserio.
Me gustaría ser correspondida.
Me gustarían tantas cosas...
Pero,
lo más importante,
Me gustaría ser feliz.

lunes, 7 de febrero de 2011

Quien sabe.


Ven, acércate.
No te vallas.
Quédate a mi lado.
No me obligues a echarte de menos.
Abrázame.
...
Pero,
para qué te suplico,
¿Si sé que no me harás caso?
Lo sé,
te marcharás de mi lado.
Como todos.
Me abandonarás.
...
Qué mas dará.
Me acostumbraré a la soledad.
Será lo mejor.
Tal vez,
Alguien,
Me haga cambiar de opinión.
Quien sabe.

Miradas y palabras.



Dicen que las miradas hablan más que las palabras. También nos cuentan que observando fijamente a los ojos a una persona puedes descubrir cosas que nunca te contarían unos labios. Las mayores verdades son dichas con la mirada.
Pero,
¿Por qué?
Seguramente será porque la raza humana es tímida.
Sí, lo sé.
Alguno me dirá que no es verdad.
Que es un valiente.
Que siempre dice las cosas.
Pero os aseguro, que hasta el más valiente, el más "machote" o el más fuerte tiene vergüenza.
Porque si delante tuyo tienes a la persona que amas, sientes vergüenza. Aunque sea una pizca.
Es más fácil hablar con la mirada.
Aunque,
Sin embargo,
Quien tiene la última palabra...
Es la palabra.

domingo, 6 de febrero de 2011

Una plácida tarde de verano



Resulta que los alumnos chinos, coreanos, japoneses y otras nacionalidades de cuyo nombre me da igual o no acordarme (pues reivindico una cierta indisciplina olvidadiza o más bien una aceptación del desgaste de la capacidad memorística como consecuencia de la edad) han quedado a la cabeza del ránking de empollones mundiales -según el tan cacareado informe Pisa-, incluso por encima de los más listos de Europa: los finlandeses. Resulta que han encontrado el antídoto contra el también cacareado fracaso escolar, y ese antídoto me trae remotos recuerdos de aquel verso-slogan con rima asonante que rezaba: “la letra con sangre entra”. Parece que lo que realmente importa en esta vida son los objetivos y no esas tarambainas de la autoestima y el autoconcepto positivo de los niños y adolescentes. Hay que preparar a nuestros jóvenes para salir a luchar en este mundo cruel y despiadado, y poco importa si en el camino se produce alguna que otra depresión o suicidio. ¿Qué son unos cuantos tropezones individuales ante la grandiosa meta del éxito colectivo? Las bajas son un mal menor que hay que aceptar para elevarse con la medalla de oro sobre este pódium del éxito, aun cuando el flamante ganador utilice la cinta multicolor para ahorcarse después con ella. ¡Qué importancia tiene que quede atrás algún que otro sensiblón debilucho! ¡Pues mejor! ¿No? ¿No llamaba Darwin a eso selección natural? Sólo los más fuertes y despiadados saldrán adelante, unos superniños y futuros superhombres dispuestos a cualquier cosa con tal de vencer, unos samuráis con traje de chaqueta y maletín que no dudarán en aplicarse un honroso harakiri si no cumplen con las metas prefijadas para ellos de antemano.
Tan sólo me queda un atisbo de esperanza y es que estas generaciones de niños disciplinados acaben hartos de sus apretados corsés, de su infelicidad y se rebelen contra tanta exigencia cambiando la reverencia por el más ineducado corte de manga, se descuelguen la pesada mochila y se vayan a jugar a la calle, a montar en bicicleta o a construir una cabaña sobre un árbol cualquiera en una tarde cualquiera de cualquier día de la semana en la que no habrá nada programado, nada que hacer, nada por lo que luchar o por lo que vencer: sólo una plácida tarde de verano en la que perder el tiempo jugando…

sábado, 5 de febrero de 2011

¡Qué viiiiiiiiiva Espaaña!

Aquel verano sería recordado por todos como el que ganamos el mundial. El día que enarbolamos orgullosa y unánimemente una bandera que, como algunos decían, salía del armario; porque, durante muchos años –los que siguieron a la guerra civil tras la victoria fascista-, los que nos considerábamos de izquierdas, evitábamos hacer ostentación de un símbolo que en nuestra psique representaba sólo a una mitad de España y de la que, por cierto, no formábamos parte. El caso es que curiosamente tuvo que venir la roja, que nada tenía ver con La Pasionaria, y conquistar el mundo, cerrando un círculo de sangre que pesaba sobre todos nosotros, una brecha que hasta ese momento nos había parecido infranqueable. Las calles se llenaron al unísono para celebrar la victoria futbolística; todos, excepto algún intelectual que otro, que se negaba una vez más a formar parte de la plebe, diseccionando y ridiculizando el fervor patrio, la euforia colectiva. Celebramos con alegría irracional –como ha de ser la verdadera alegría-, aquel triunfo que nos permitía mirar de frente a los pueblos ricos de Europa, de manera que, aunque sólo fuera por un efímero verano, por una efímera tarde de fiesta, nos estimamos colectivamente y el patriotismo dejó de ser un patético sentimiento propio de camisas azules trasnochados, una ridícula y sensiblera exhibición de película americana para transformarse en pura y simple alegría colectiva, una reivindicación de la horterada, del toro y de Manolo Escobar, del fútbol y la bota de vino; el último estertor de la España de siempre dispuesta ya a ser engullida –según dicen los que mandan, sin remedio- por los mercados financieros y las civilizadas costumbres europeas, las vueltas de tuerca de un colonialismo diplomático que con, con sonrisa fingida al estilo anglosajón, se empeña, una y otra vez, en cambiarnos nuestro bocata de calamares por una asquerosa y transgénica hamburguesa con ketchup .

jueves, 3 de febrero de 2011

No te rindas.



Ella está sedienta de amor. Lo busca hasta en los lugares más extravagantes.
Nada.
No lo localiza.
Es como si se hubiera esfumado.
Ya nadie le regala un pedacito de ese amor tan buscado. Quizás porque no recuerdan ya lo que significa amar.
Parece que a nadie le importa.
Ella es la única que se da cuenta de ese detalle.
Entonces, le viene una idea a la mente.
Cuando encuentre a una única persona en este mundo de locos, capaz de regalarle una sonrisa, una mirada o un gesto de cariño, habrá encontrado a su amor.
Habrá finalizado la búsqueda.
Mientras tanto, sigue mirando en cada rincón.
Alomejor, quien sabe, tú puedes encontrarlo.
Esta chica, desde luego, nunca se dará por vencida.