domingo, 6 de febrero de 2011

Una plácida tarde de verano



Resulta que los alumnos chinos, coreanos, japoneses y otras nacionalidades de cuyo nombre me da igual o no acordarme (pues reivindico una cierta indisciplina olvidadiza o más bien una aceptación del desgaste de la capacidad memorística como consecuencia de la edad) han quedado a la cabeza del ránking de empollones mundiales -según el tan cacareado informe Pisa-, incluso por encima de los más listos de Europa: los finlandeses. Resulta que han encontrado el antídoto contra el también cacareado fracaso escolar, y ese antídoto me trae remotos recuerdos de aquel verso-slogan con rima asonante que rezaba: “la letra con sangre entra”. Parece que lo que realmente importa en esta vida son los objetivos y no esas tarambainas de la autoestima y el autoconcepto positivo de los niños y adolescentes. Hay que preparar a nuestros jóvenes para salir a luchar en este mundo cruel y despiadado, y poco importa si en el camino se produce alguna que otra depresión o suicidio. ¿Qué son unos cuantos tropezones individuales ante la grandiosa meta del éxito colectivo? Las bajas son un mal menor que hay que aceptar para elevarse con la medalla de oro sobre este pódium del éxito, aun cuando el flamante ganador utilice la cinta multicolor para ahorcarse después con ella. ¡Qué importancia tiene que quede atrás algún que otro sensiblón debilucho! ¡Pues mejor! ¿No? ¿No llamaba Darwin a eso selección natural? Sólo los más fuertes y despiadados saldrán adelante, unos superniños y futuros superhombres dispuestos a cualquier cosa con tal de vencer, unos samuráis con traje de chaqueta y maletín que no dudarán en aplicarse un honroso harakiri si no cumplen con las metas prefijadas para ellos de antemano.
Tan sólo me queda un atisbo de esperanza y es que estas generaciones de niños disciplinados acaben hartos de sus apretados corsés, de su infelicidad y se rebelen contra tanta exigencia cambiando la reverencia por el más ineducado corte de manga, se descuelguen la pesada mochila y se vayan a jugar a la calle, a montar en bicicleta o a construir una cabaña sobre un árbol cualquiera en una tarde cualquiera de cualquier día de la semana en la que no habrá nada programado, nada que hacer, nada por lo que luchar o por lo que vencer: sólo una plácida tarde de verano en la que perder el tiempo jugando…

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