Me llamo Catalina Morgan Freeman y padezco una enfermedad incurable que los médicos denominan afiltrosis congénita degenerativa. Al parecer, todos o casi todos los seres humanos han desarrollado, a lo largo de su evolución y como consecuencia de su adaptación al medio, una membrana o filtro en un lugar recóndito del cerebro que se despliega siempre que el sujeto intuye o sospecha que está a punto de proferir alguna inconveniencia, de tal manera que, los pensamientos inoportunos o las groserías, debido a su naturaleza tosca e imperfecta, no consiguen atravesar los minúsculos orificios de la membrana y permanecen depositados en ella, pudiendo sólo llegar a su destino aquellas afirmaciones más sutiles y delicadas. A medida que las personas se adentran en la edad adulta, los orificios van disminuyendo de tamaño debido a la acumulación de residuos en el colador –tal como se denomina vulgarmente- lo cual desemboca, en opinión de los expertos, en un estado sutil e ingenioso de la conciencia. Ni que decir tiene, que cada individuo puede optar por utilizar o no su membrana, si bien no es menos cierto que todas las acciones repetidas insistentemente a lo largo del tiempo acaban convirtiéndose en un acto reflejo difícilmente controlable. Por otro lado, los medios de comunicación y las instituciones están de acuerdo en la conveniencia de su uso en pro de una sociedad más respetuosa con el prójimo y el entorno.Yo nací sin ese filtro y, desde que tengo uso de razón y mis inconveniencias dejaron de estar teñidas de la gracia infantil que todo lo disculpa, mi vida ha ido de mal en peor.
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