jueves, 10 de febrero de 2011

La neurótica

Tengo una biblioteca bien surtida en varios idiomas, ropa discreta y bien confeccionada de colores neutros, una cama reclinable con colchón de látex, una luminosa y bien distribuida cocina que nunca utilizo, alfombras de lana natural y un termostato que me permite calcular con exactitud la temperatura deseada a fin de acrecentar mi sensación de control sobre los elementos externos. Un mundo perfecto en el que me desenvuelvo perfectamente. Tengo un cepillo a pilas para los dientes y manteles de hilo bordados a mano adquiridos en tiendas de artesanía local. No como carne y me nutro exclusivamente con alimentos de origen biológico. Tres veces por semana y desde hace cinco años una mujer –con la que nunca he mantenido ningún tipo de conversación- acude a poner orden en este santuario de la pulcritud que es mi casa. No soporto el desorden ni la suciedad y no tengo inconveniente en invertir una parte –digamos irrelevante- de mi nada despreciable sueldo en obviar todo lo relacionado con las tareas domésticas. Tampoco tengo inconveniente en dedicar, una suma de dinero -algo más elevada que la anterior- a cubrir los gastos de un joven aspirante a escritor con el que salgo desde hace dos meses. Una relación sin complicaciones en la que mi corazón no tiene necesidad de involucrarse. Ésta es mi burbuja de felicidad, ésta es la escafandra que me permite zambullirme en el océano del día a día sin entrar en contacto con los peligrosos microorganismos que pululan en él. Sé que hay vidas peores y mejores que la mía, pero yo sólo quiero que mi vida sea exactamente lo que yo quiero que sea. En mi calculada existencia no hay lugar para vanas improvisaciones. Llevo a cabo cada uno de mis actos pensando en todas las posibles consecuencias admitiendo –para evitar posteriores decepciones- un asumible margen de error. Desprecio a las personas que no dosifican sus esfuerzos o que pierden los estribos ante una situación inesperada, desprecio las explosiones de llanto y las ridículas exhibiciones de sentimentalismo, por no hablar de la falta de inteligencia y de análisis crítico.
Esa soy, y nada ni nadie va a cambiar esta idea que he forjado acerca de mí misma, esta monolítica autoestima que nunca amenazará con agrietarse. Ningún acontecimiento se atreverá a perturbar esta indiferencia informe que tanto me ha costado salvaguardar. Les aseguro que no hay existencia mejor blindada que la mía

No hay comentarios:

Publicar un comentario