viernes, 11 de febrero de 2011

King Kong

Ocasionalmente me miro a los ojos frente al espejo. Lo hago durante el tiempo suficiente para sentirme una extraña, para no reconocerme. Entonces observo mi expresión, los surcos de la piel, testimonio de gestos una y otra vez repetidos que ahora se reflejan en el rostro, y en el espejo, como los vestigios milenarios de una excavación arqueológica. Esas arrugas verticales en el entrecejo ponen en evidencia un exceso de preocupación, un sentido trágico de la vida, compensado, afortunadamente, por dos paréntesis de alegría que enmarcan los labios. Tanto el sufrimiento como la alegría están presentes en mi rostro, inseparables, dejando en él su huella indeleble. Son el mapa de mi territorio interno, son mi periplo vital materializado. Podría hacer el mismo ejercicio con el resto de mi cuerpo, podría incluso limitarme a las manos, a cada uno de sus dedos, a cada una de sus falanges, a las irrepetibles y únicas huellas dactilares. Podría cerrar los ojos y oír los latidos del corazón, sentir la sangre circulando por la intrincada red de venas y arterias. Podría ir montada en el helicóptero de la dirección General de Tráfico y ver circular miles de glóbulos rojos y blancos matriculados. Y ser un triste conductor o copiloto en dirección a ninguna parte para quien el resto de las células son seres extraños, sonámbulos de un mundo sin sentido. ¿Pueden experimentar las células la misma ignorancia que el ser humano que las cobija? ¿Pueden ignorar su pertenencia a un mismo ser orgánico y luchar contra sus hermanas provocando un colapso generalizado? Como seres humanos poseemos el potencial de trabajar en común o destruirnos; de la misma manera, las células deciden colaborar por el bien común del organismo o rebelarse contra alguna de las facciones considerada enemiga. En el proceso destructor de la guerra no hay lugar para la compasión; o matas o te matan, o destruyes o eres destruido. Los animales no exterminan en masa a los miembros de su misma especie, bien es sabido que la naturaleza es su brújula actuando a través del instinto. Parece que la causa es el libro albedrío. ¿Pero alguien querría renunciar a un instrumento, a una potestad, a una infinita potencialidad sólo porque no sabe utilizarla adecuadamente? Resulta demasiado fácil esgrimir la bondad de los animales y la maldad del hombre. No, simplemente ellos lo tienen más fácil que nosotros. Somos unos niños torpes que empezáramos a caminar a trompicones y nos lleváramos por delante montañas y lagos, edificios y coches; como un gigante estúpido que no supiera donde pone los pies. Pero un gigante libre, al fin y al cabo, que decide por dónde ir.

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