sábado, 5 de febrero de 2011

¡Qué viiiiiiiiiva Espaaña!

Aquel verano sería recordado por todos como el que ganamos el mundial. El día que enarbolamos orgullosa y unánimemente una bandera que, como algunos decían, salía del armario; porque, durante muchos años –los que siguieron a la guerra civil tras la victoria fascista-, los que nos considerábamos de izquierdas, evitábamos hacer ostentación de un símbolo que en nuestra psique representaba sólo a una mitad de España y de la que, por cierto, no formábamos parte. El caso es que curiosamente tuvo que venir la roja, que nada tenía ver con La Pasionaria, y conquistar el mundo, cerrando un círculo de sangre que pesaba sobre todos nosotros, una brecha que hasta ese momento nos había parecido infranqueable. Las calles se llenaron al unísono para celebrar la victoria futbolística; todos, excepto algún intelectual que otro, que se negaba una vez más a formar parte de la plebe, diseccionando y ridiculizando el fervor patrio, la euforia colectiva. Celebramos con alegría irracional –como ha de ser la verdadera alegría-, aquel triunfo que nos permitía mirar de frente a los pueblos ricos de Europa, de manera que, aunque sólo fuera por un efímero verano, por una efímera tarde de fiesta, nos estimamos colectivamente y el patriotismo dejó de ser un patético sentimiento propio de camisas azules trasnochados, una ridícula y sensiblera exhibición de película americana para transformarse en pura y simple alegría colectiva, una reivindicación de la horterada, del toro y de Manolo Escobar, del fútbol y la bota de vino; el último estertor de la España de siempre dispuesta ya a ser engullida –según dicen los que mandan, sin remedio- por los mercados financieros y las civilizadas costumbres europeas, las vueltas de tuerca de un colonialismo diplomático que con, con sonrisa fingida al estilo anglosajón, se empeña, una y otra vez, en cambiarnos nuestro bocata de calamares por una asquerosa y transgénica hamburguesa con ketchup .

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