jueves, 10 de febrero de 2011

La vida es sueño

Soy propietario de un inmueble de cincuenta metros cuadrados sito en la calle Resignación número tres, o debería decir propietaturus, porque hasta dentro de treinta años no saldaré la deuda que ayer mismo contraje ante el solícito empleado de la B.M. (es decir, Banca Mesfistófeles). Y yo les cedo gustoso mis sueños a cambio de un lugar en el que caerme muerto –como bien dice mi amigo Luis-, porque ¿acaso puede compararse un arriesgado viaje alrededor del mundo por terrenos pedregosos, y que probablemente acabase en diarrea –como dice mi madre-, con la dicha de andar en zapatillas por mi lustroso parqué de camino al sofá? ¿Acaso puede compararse la imprevisivilidad de una vida azarosa con la seguridad de mi nómina mensual? Mi madre y mi amigo Luis tienen toda la razón, así que he decidido dejarme de tonterías, anular mi billete de avión y sentarme a ver la tele como todos los demás.

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