miércoles, 8 de diciembre de 2010

Nenúfares

Hay días lisérgicos y multicolores, hay días caleidoscópicos y brillantes como la perfecta procesión geométrica de cristales en un copo de nieve. Hay días tristes y anodinos, grises domingos de nubes deshilachadas. Hay días de tempestad y de calma, ingentes maremotos sin aparente salida; hay luminosas pinceladas de paz bajo la cegadora niebla de la noche. Hay ángeles dorados de largos cabellos, hay demonios enfebrecidos y obscenos buscando un alma a la que torturar, una sangre en la que inocular la duda. Hay palacios blancos de cristal, inmaculadas doncellas, pájaros de fuego y arena, y cenizas. Hay lluvia en el desierto, apartamentos abandonados en una playa invernal; pompas de jabón cayendo en picado como pesadas bolas de acero. Hay días de vértigo, de angustia incontrolada, de latidos lacerantes, de gritos nocturnos sin respuesta. Hay lágrimas de barro y cumbres grises en mesetas abandonadas. Hay luz sin sombra, camino sin destino y esperanza frustrada. Hay montañas y hay valles y hay serpenteantes arroyos soñando hipnóticas melodías desde sus profundidades. Hay sirenas de fuego, máscaras de barro, puntiagudos salientes en las rocas del abismo, un silencio ensordecedor, una calma muerta y aislada…

Hay días diferentes unos de otros, pero tras esa aparente variedad, tras ese movimiento constante y periódico subyace una fuente, una fuente clara y serena donde habitan indolentes y aromáticos nenúfares.

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