jueves, 9 de diciembre de 2010

Tornado

Aquella tarde se hizo repentinamente de noche y la lluvia y el viento azotaron la isla con una violencia imprevisible. Se invirtieron los árboles como un distorsionado reflejo de sí mismos, exhibiendo sus confusas raíces; volaron, entre hojas de papel y escombros, tejados de naves comerciales, se pusieron en huelga los semáforos hartos de sus extenuantes jornadas laborales. Las parejas que discutían en sus casas cesaron de hacerlo ante la inusitada reprimenda de la naturaleza desatada, ¡qué eran las vanas disputas familiares comparadas con aquel iracundo torbellino! Algunos niños se desmayaron inexplicablemente en sus aulas momentos antes de que el huracán irrumpiera en nuestras vidas atenazados por la tensión eléctrica de la atmósfera. Una desazón había reinado en las mentes de los habitantes de las islas, tan negra y espesa como la torrencial lluvia que dejó a hombres, mujeres y niños boquiabiertos ante tamaña intensidad derramada, ante aquella exhibición de grandeza que tan pequeños y unidos nos hacía sentir a todos.

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