Mi abuela se rascaba aprovechando que acababa de dar una vuelta completa a la labor de punto y que una de las agujas había quedado oportunamente liberada de la trama para aliviar su picor de espalda. Estábamos sentadas en torno una mesa camilla colocada frente al televisor bajo cuyas faldillas empezaba a renquear un brasero de picón. Cuando esto ocurría, mi abuela sustituía rápidamente la aguja por el atizador, y removía las brasas que desprendían, entonces, un intenso y reconfortante calor. Aprovechaba yo el momento para meter la cabeza bajo las faldillas de terciopelo verde y observar el rojo resplandor de los rescoldos abriéndose paso entre las bragas, los calcetines y los pañuelos tendidos en una cuerda estratégicamente clavada entre dos patas opuestas. De repente, cuando más aturdida estaba por el intenso calor y más ensimismada e hipnotizada por aquel magma de carbón, mi abuela me traía inmediatamente de vuelta a la realidad al grito de “¡niña, que te atufas!”, y yo sacaba, muy a mi pesar, la cabeza de aquel paraíso incandescente para volver a la tibia realidad de la televisión encendida y de las vecinas charloteando al otro lado de la calle.domingo, 19 de diciembre de 2010
Mi abuela se rascaba aprovechando que acababa de dar una vuelta completa a la labor de punto y que una de las agujas había quedado oportunamente liberada de la trama para aliviar su picor de espalda. Estábamos sentadas en torno una mesa camilla colocada frente al televisor bajo cuyas faldillas empezaba a renquear un brasero de picón. Cuando esto ocurría, mi abuela sustituía rápidamente la aguja por el atizador, y removía las brasas que desprendían, entonces, un intenso y reconfortante calor. Aprovechaba yo el momento para meter la cabeza bajo las faldillas de terciopelo verde y observar el rojo resplandor de los rescoldos abriéndose paso entre las bragas, los calcetines y los pañuelos tendidos en una cuerda estratégicamente clavada entre dos patas opuestas. De repente, cuando más aturdida estaba por el intenso calor y más ensimismada e hipnotizada por aquel magma de carbón, mi abuela me traía inmediatamente de vuelta a la realidad al grito de “¡niña, que te atufas!”, y yo sacaba, muy a mi pesar, la cabeza de aquel paraíso incandescente para volver a la tibia realidad de la televisión encendida y de las vecinas charloteando al otro lado de la calle.
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